España en Eurovisión: Razones de un fracaso

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Cancionaca.

En el espectáculo televisivo más interesante de la primavera, el festival de Eurovisión, España resultó nuevamente humillada, penúltima con un solo voto de diferencia, por encima de los infortunados Waldo’s People de Finlandia. Muchos de mis fieles lectores dirán: “¿Pero Eurovisión no es la mayor MIERDA catódica (o plasmática) que pueda uno echarse a la cara?” No. Solía serlo, solía serlo. Desde mediados de los 80 a fin de siglo vivió una decadencia espectacular, siendo una especie de compendio de lo peor de la canción ligera europea. El espectáculo era soso y hortera, y yo censuraba duramente a cualquiera que perdiese preciosas horas de su vida con tan degradante pasatiempo. Por aquella época enviábamos a gente como el muy gay David Civera, y lo peor era que los demás países enviaban a gente parecida.

Pero hete aquí que con el nuevo milenio el ex-bloque soviético entra en Eurovisión. Ansiosos de coger el tren de la historia que habían perdido tantas veces, para ellos el festival era algo poco menos que mítico, que seguramente sólo habían podido ver clandestinamente, y que en esta nueva era les permitía entrar en el selecto club europeo como uno más. Estas naciones estaban ansiosas por llamar la atención, y vaya si lo hicieron: revolucionaron el vetusto festival mandando números trabajadísimos, espectaculares, y sobre todo aprovechando la mejor baza de la que disponían: su ilimitado caudal de belleza humana.

Con su falta de complejos, los recién llegados desconcertaron a los países veteranos: de repente aquello se había llenado de mozas espectaculares que despreciaban las baladas mariconas, presentando temas discotequeros ultrabailables o cualquier otra cosa que rompiera moldes. ¡Inaceptable! ¿O no? Resulta que a las audiencias les encantó, y el ente Eurovisión decidió seguir el juego, montando un evento cada año más exuberante. La victoria del conjunto finlandés de Black Metal Lordi en una de las últimas ediciones despejaba cualquier duda: había nacido un festival totalmente nuevo. Actualmente es un espectáculo de primera magnitud, joven, popular y entretenidísimo. El presupuesto gastado en las galas es enorme, y estas se celebran sobre escenarios tecnológicos ultramodernos que dejan en evidencia a los de cualquier superestrella del rock. Los paneles de Alta Definición usados en la última edición debieron costar una cantidad obscena de euros.

La azerbaiyana, casi nada.

La Eurovisión actual es ante todo un festival de la belleza europea, y los organizadores lo reconocen implícitamente sin tapujos: en general, para salir en pantalla es necesario un físico de modelo, ya seas participante, presentador o simplemente el que da los puntos de cada país. Las naciones con más solera en el festival se han dado cuenta en pocos años de la superioridad genética del bloque del Este, y por ello se esmeran por enviar lo más guapo y lustroso de sus establos. Pero España no, España no se ha enterado: sigue participando en el concurso como si aún estuviéramos en 1995. Aquí Eurovisión estaba absolutamente muerta hasta que TVE se sacó de la chistera Operación Triunfo, maniobra muy habilidosa para captar el interés de la audiencia local y vender discos infames, pero no para GANAR el festival. La prueba más obvia es que en la primera edición de OT mandamos a la gorda de Rosa López, quien pese a llevar una canción bastante aceptable no tuvo nada que hacer con los bellezones que ya habían conquistado el ESC (Eurovision Song Contest, como lo llama la tribu internetera).

Y así hemos seguido año tras año, con Operaciones Triunfo y sin ellas, mandando lo de siempre: cantarines semipopulares de físico mediocre y, sobre todo, con canciones horrendas, concebidas para cubrir el expediente. El ejemplo paradigmático llegó al año siguiente de la López, con la tal Beth y su aburridísma “Dime”. Las Ketchup, que tuvieron un hit perfecto para Eurovisión con el Aserejé, se presentaron con la incalificable “Bloody Mary”. Francamente, la vez que estuvimos más cerca de entender el nuevo espíritu fue con el Chiqui Chiqui; al menos contribuimos algo al espectáculo. Sin embargo, no entendimos que Chiquilicuatre sería sólo un friki más de entre tantos de la nueva hornada, no lo bastante distinguible como para optar a algo importante.

Lo de Soraya, o Soyaya , era la crónica de una muerte anunciada. ¿Por qué mandó TVE a esta muchacha? ¿Era la mejor cantante, interpretaba el mejor número posible? No, era la favorita del público, del muy cateto y alienado público español. Después de cada Festival llegan las lamentaciones, y unos debates profundamente hipócritas sobre la causa del fracaso: Al terminar la última edición, los de TVE tenían unas caras larguísimas: “Ha sido injusto…” “No entiendo cómo hemos quedado tan mal…” ¡Incluso el bueno de Uribarri decía que había que protestar enérgicamente! Ni protestas ni hostias: El voto es absolutamente libre y la canción de España era pura mierda. Ésa y no otra fue la causa de la desastrosa clasificación. De hecho, el propio Uribarri reconoció días después este extremo, calificando el tema de Soraya de “cancioncilla”.

Para ayudarles a corregir esta lamentable situación, voy a darle a TVE  unos consejitos para el éxito: Si queremos ganar hace falta belleza, belleza y belleza. No, no vale una semimaciza como Soyaya, hay que llevar a un auténtico pibón, de los que hacen girar cabezas por las calles, e incluso llevar más de una. Si es un participante masculino, que también lleve pibones de acompañantes. Ahí están los ejemplos este año de Estonia e Islandia, canciones sólo aceptables pero interpretadas por mujeres bellísimas que captaron inmediatamente la atención del público. Azerbaiyán llevó una canción normalilla, pero la componente femenina del dúo era una auténtica diosa morena. Resultado: Islandia quedó segunda y Azerbaiyán tercera. Las tres bellezas presentadas por Turquía quedaron muy arriba también.

Y la canción, por Dios, la canción tiene que ser buena. Además tiene que entrar en la cabeza a la primera. La mayoría del público y los jurados van a oir las canciones sólo dos o tres veces, o incluso sólo una: por ello han de tener un ritmo contagioso y ser inmediatamente tarareables o bailables. Ejemplo perfecto fue la canción de Noruega, interpretada por Alexander Rybak, que destrozó el récord histórico de puntos, añadiéndole un chaval guapo parecido a Zac Efron y dos mozas de escotes generosos. Si además rematas el número un “gimmick” como tocar el violín en escena, tienes el conjunto completo. Y por supuesto está el detalle de inteligencia diabólica de escoger a un chaval de origen eslavo, bielorruso concretamente, lo que arrastraba el inmenso granero de votos de esa zona.

Ani Lorak, insuperable.

Para mí la canción paradigmática de Eurovisión es el Shady Lady de la ucraniana Ani Lorak, injustísima perdedora el año pasado: canción cañera y pegadiza, interpretada por una mujer perfecta y con una coreografía extraordinaria. Tan sólo el gran número de países afines a Rusia decantó la victoria para esta nación en detrimento de Ucrania. Resulta muy raro que Mónica Naranjo no haya ido nunca a Eurovisión (creo), porque es el tipo de cantante con posibilidades de éxito en este concurso. TVE tiene que buscar alguien de su tipo, pero muy jovencita, de veintipocos años, y si posee ancestros eslavos mucho mejor. ¿No tenemos alguna bella muchacha inmigrante del Este europeo que quiera triunfar en la canción? Ante todo, se tiene que hacer una preselección y no someter a votación popular cualquier cosa: sólo debe pasar el primer filtro gente MUY GUAPA y canciones claramente ganadoras, y a partir de ahí que voten los gañanes del público.

No puede ser tan difícil encontrar un buen compositor y coreógrafo. Gran Bretaña, harta de humillaciones, este año escogió a Andrew-Fucking-Lloyd Webber como compositor para su canción, y no sólo eso, le debieron pagar una morterada para interpretar él mismo la melodía al piano en escena, mientras una mulatita guapísima cantaba. Este señor es nada menos que caballero del Imperio, más o menos como si nosotros mandáramos a Plácido Domingo. Los ingleses se lo curraron (aunque creo que Webber compuso con el piloto automático), y mira por dónde lograron puntuaciones muy altas. Los tiempos de Salomé, Massiel y Betty Misiego quedaron atrás. Nuestra próxima ganadora tendrá curvas de escándalo y será rubia como una valquiria. ¿Dónde estás, Natasha?

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